by @ginnaalvarez
¿Por qué se reúnen los grupos de Alcohólicos Anónimos? – Porque tienen todo en contra.
Yo creo que en los grupos de teatro independiente pasa algo similar. Para empezar, ambos funcionan como comunidades de resistencia frente a un sistema que los empuja a la disolución: los unos contra la adicción, los otros contra la mercantilización del arte y la precarización cultural.
El mundo que los rodea los seduce con infinitas ofertas para desviarlos de su misión. Y, sin embargo, algunos grupos teatrales han persistido por décadas, a través de guerras, carestía y pandemias. A lo mejor, justo por eso: porque la crisis exacerba el deseo de aferrarse a un ideal como tabla de salvación.
El teatro que más me interesa está hecho por estos ecosistemas emergentes: los colectivos teatrales. Una mezcla de individualidades que no solo se reúnen para ensayar una obra, montarla y estrenarla, sino que se enclaustran, se concentran y se pierden en procesos de cocción lenta para desarrollar un lenguaje poético en común.
Quizás eso de reunirse en un solo camino artístico con otros, hasta que la muerte nos separe, parezca una idea muy anacrónica, romántica y sectaria. Pero cuando se encuentran cómplices en sus convicciones, se vuelven posibles procesos experimentales que individualmente serían imposibles.

La Escena Teatral de Buenos Aires
Cuando emigré de México a Buenos Aires, Argentina, en 2014, me encontraba en una de esas situaciones de imposibilidad: estaba sola, desempleada, sin quehacer teatral y totalmente desorientada. No conocía las formas de producción en Capital Federal, a los creadores escénicos locales, ni la geografía de la ciudad.
La ciudad de Buenos Aires tiene una intensa vida artística, y por esos años, había un teatro practicamente en cada calle. Es difícil decidir por dónde empezar en un lugar en el que tomas un taxi y el conductor es experto en Commedia dell’arte. Es tan estimulante como avasallante, porque hay demasiado ocurriendo en todas partes.
Yo, en cambio, crecí en un desierto donde hacer teatro te otorgaba cierta condición de outsider, y en la que era más o menos crucial y sencillo reunirte con otros outsiders, existiera o no afinidad creativa.
En Argentina comencé viendo todo el teatro que pude, participé en castings -algunos serios, otros dudosos- y me tomaron en proyectos serios y dudosos. Pero ninguno de ellos era de largo aliento, ni tampoco el tipo de proyecto en el que de verdad puedes darte el lujo de buscar sin saber qué vas a encontrar. Transitaba esas salas de ensayo quedándome con hambre de otra cosa.
En medio de la búsqueda de un proyecto satisfactorio como actriz, recordé esa vieja broma que dice que para convertirse en director teatral, solo hacen falta actores que crean que lo eres. Suena terrible, pero si uno lo piensa, un acto de fe no es mala antesala para ningún proyecto en la vida: romántico, artístico o comercial.

El Laberinto del Proceso Creativo
Yo había trabajado como directora en México, y aunque tenía poca experiencia, tenía el deseo de ver ciertos acontecimientos en escena que, como espectadora, no había experimentado aun. Así que hice dos cosas que para mí eran el paso lógico: alquilé una sala de ensayo y convoqué un casting. Y sí, la gente llegó. Tomé también todo tipo de talleres con creadores cuyo trabajo escénico me conmovió. De compañeros que conocí en esos castings y esos talleres, se conformó La Polenta Teatro en 2015.
En los castings que yo convoqué, me interesaba menos ver actores plenamente entrenados y mucho más ver el mismo tipo de hambre que yo tenía: la de conformar un grupo perdido en el amor al laberinto del proceso creativo. También de esas inquietudes nació La Polenta.
No fue por diseño que La Polenta se constituyera en su mayoria de inmigrantes hispanoamericanos. Fue algo que ocurrió de forma orgánica, – uno de esos casos de auto-organización de un sistema emergente, como los hormigueros o como esas calles donde, de pronto, hay una decena de tiendas de instrumentos musicales que abren en el mismo espacio sin haberlo coordinado.
La Polenta Teatro trabajó cinco años consecutivos. – Se dice fácil, pero los años de los colectivos teatrales son como años de perro, – asi que creo que nuestro grupo llegó a la mediana edad.

La Economía de la Resistencia
Viendo hacia atrás, me parecen improbables, – por no decir milagrosas- las condiciones en las que trabajamos. Por todo Buenos Aires hicimos un largo éxodo por salas de ensayo alquiladas por hora, a veces cambiando de espacio tres o cuatro veces por semana por falta de disponibilidad.
Ensayamos en espacios minúsculos y gigantes, de dos por tres metros, de diez por veinte, con telón, sin telón, con luces, sin luces, en un departamento, en mi sala de estar, en un almacén, en un patio, en un rincón que había sido cine porno, con una columna de concreto en medio de la escena, en un barrio peligroso. Finalmente dimos con una sala que reunió todas las condiciones para volverse nuestro hogar teatral.
Juntando monedas y coordinando los horarios de las once personas que sosteníamos el proyecto, conseguimos costear 16 horas semanales de ensayo: cuatro sesiones de cuatro horas. Algunos llegaban después de largas jornadas en sus trabajos “de día” para encerrarse de las veinte horas a la media noche. Se bebieron muchos mates, se comieron muchas galletitas.
La economía del grupo se basaba en un sistema ingenuo pero eficaz: nuestra propia alcancía de cerdito. Cada miembro de La Polenta depositaba ahí una cantidad mensual que el tesorero registraba. No era una cuota fija; dependía de las posibilidades de cada integrante. En muchas ocasiones, un compañero echó una mano por quien no podía aportar. Nunca hubo reclamos ni envidias; todos queríamos que el capital fluyera. Tan elemental y precario como suena, ese sistema nos sacó eventualmente de los números rojos.

Con el tiempo, ya no fue necesario aportar de nuestros bolsillos. Para la segunda producción, el capital empezó a llegar de otros sitios e instituciones para el financiamiento artístico. En Argentina, se le llama teatro independiente al que no depende del Estado, pero en realidad, ese teatro “independiente” no existe. Todo el teatro depende, en alguna medida, de subsidios Estatales, incluso el comercial. Quizás se le llama independiente porque se mueve entre las grietas, en foros alternativos de la ciudad, y sobre todo, porque no nace con el objetivo central de hacer dinero.
No tengo nada en contra de trabajar en proyectos para hacer dinero. El dinero es – en ocasiones, una buena persona. Facilita las cosas. Simplemente describo que preferíamos obtenerlo por otros medios, mientras no tuviéramos que comprometer el espíritu del proyecto: el amor por los caminos largos que no sabíamos a dónde nos llevarían. Además, casi todos vivíamos esa especie de doble vida que hacía sostenible el proyecto. De día, vendedora en Zara; de noche, actriz. De día, bibliotecario; de noche, dramaturgo. De día, vendedor de flores; de noche, actor. De día, parrillero de hamburguesas, y así.
Teatro Migrante
La composición del grupo era inesperadamente armoniosa: México, Honduras, Argentina, Venezuela, Chile, Ecuador. Todos los acentos se mezclaban en escena, todos los cuerpos, cada uno con su propia geografía de gestos, costumbres y memorias.
Llegamos a ser once miembros estables. En común teníamos, sobre todo, nuestra condición migrante, el amor por el teatro y ese desasosiego crónico que comparten todos los nacidos en Latinoamérica – madre devoradora que se ama pero se resiente.
De nuestras diferencias nacieron varias puestas en escena. Te puedo hablar, por ejemplo, de Walter, un actor de Mangulile, Honduras, que conoció la luz eléctrica y los cubiertos hasta los ocho años. De ahí nació nuestra puesta Honduras Sunset. Te puedo hablar de Isadora, una actriz de Ecuador, cuyo padre anciano le obsequió una pistola a los quince años. De ahí nació mi texto Conjuro para Cazar Venados. Te puedo hablar de Gabriel y su inmensa biblioteca, de Belén y las recetas de su abuela Portuguesa, de Leonardo y su escuela Alemana, de Jota y su relación con los textiles y las tiendas de segunda mano, de Verónicay su vegetarianismo, de Armando y su ternura oculta, de Julio y su destreza para iluminar con objetos poco convencionales.

Produjimos y estrenamos siete espectáculos teatrales a lo largo de cinco años y escribimos algunos más. Podría decir bastante sobre nuestros ensayos, los procesos, los laberintos sin salida, las peleas y las reconciliaciones, pero basta decir que el ensayo, para mí, era un espacio tanto o más gozoso que las funciones. En el ensayo teníamos esos pequeños instantes de epifanía. En los que de un error nacía una perla.
El Legado de La Polenta
Me gustaría otro tipo de clímax para el tercer acto de este relato, pero no hay tal. En 2020 estábamos listos para salir de gira con La Escala Animal. Habíamos adaptado la escenografía para trasladarla en maletas, empacado todo después del ensayo y distribuido las cargas. Nos despedimos y, a la mañana siguiente, entramos en cuarentena por la pandemia de COVID-19.
Ese ensayo fue la última vez que vi a algunos compañeros. Muchos tuvieron que regresar a sus países, ya por falta de ingresos o por enfermedad de algún familiar.
No sé si hay moraleja. Lo que nos pasó a nosotros le pasó a muchos grupos a lo largo de la historia del teatro. Quizás es solo el lujo de decir que, aunque un proyecto desemboque en su desintegración, no significa que no haya que emprenderlo. Es la feliz ignorancia de dejarse poseer por la esperanza lo que permite tomar tareas imposibles, como el matrimonio o escribir una novela.

Nunca pensé la vida artística como una escalera en la que uno va estrenando espectáculos en salas cada vez más grandes y lujosas – hoy el pequeño foro en un garage de Buenos Aires y mañana Radio City Music Hall. Siempre pensé en cada proceso como su propia recompensa. Bajo esos términos, no hay fracaso. Solo experimentos que no florecen como uno espera, pero que arrojan luz e información sobre caminos alternativos. Así creo, debe ser todo proceso creativo.
Cometí bastantes errores dirigiendo a La Polenta Teatro, pero afortunadamente no los suficientes como para evitar que cada uno de sus integrantes me escriba, cada tanto, para contarme alguna de sus andanzas creativas. A veces, en medio de esas charlas, me dicen: ¡¿Te acuerdas?!
Sí, yo también me acuerdo. Yo también extraño. Yo también resisto.
Ginna Álvarez is a director, playwright, actress, musician, and photographer with over twenty years of experience in the performing arts. Her work explores migration, storytelling, and the power of collective human experiences.
You can read more about her journey and artistic vision in her PROFILE feature on SKENE.pub




