by @mosquedaroberto
This article is the original column written in Spanish. An English translation by our Staff can be found here.
Este año cumplo 40. Estadísticamente, es la mitad de una vida humana promedio; y a mí ya me está dando la famosa “crisis de la mediana edad”. Inicié el 2025 haciéndome una pregunta incómoda: “Roberto, ¿has tenido éxito?” ¡Tras!
Hoy en día, el éxito está vinculado a tener: dinero, poder y belleza física (bueno, ¿y en qué época no?). Según la Real Academia Española, éste se define como el “resultado feliz de un negocio o actuación” o la “buena aceptación de alguien o algo”. Es sinónimo de triunfo y victoria; y afín a las palabras fortuna, fama o renombre, entre otras.
Lo anterior contrasta brutalmente con el hecho de que, en México, 74 de cada 100 personas que nacen en el grupo social “más bajo” permanecen ahí toda su vida, sin superar la condición de pobreza, según el propio gobierno federal. O también con que el 1% de los humanos más adinerados del planeta posee una riqueza superior a la del 95% de la población mundial en conjunto.
Y ni hablar de la belleza física en un mundo marcado por fenómenos como el aspectismo y el racismo. Supongo que no basta con “echarle ganas”, aunque ciertos influencers y gurús de la manifestación nos quieran hacer creer lo contrario.

La paradoja es que somos nosotras -las personas- quienes alimentamos ese concepto de “éxito”, construido sobre nuestras necesidades, anhelos y (en el mejor y más deseado de los casos) privilegios. Entonces, continuando con las preguntas de este año: ¿realmente cabe esta idea aspiracional en un orden social tan absurdamente desigual?
Encima, se cruza un componente nunca visto en la historia: la interconectividad masiva de las redes sociales (RRSS). Más del 60% de la población mundial tiene acceso a Internet; y, de estos usuarios, el 92.3% utiliza RRSS.
Si bien estas plataformas representan una posibilidad virtuosa e inédita de comunicación en la historia de la humanidad, el problema es que están deliberadamente diseñadas para ser adictivas, retener al usuario el mayor tiempo posible frente a una pantalla y generar capital. Se promueven y difunden vorazmente estándares de vida inalcanzables; y en esta vertiginosa dinámica, muchos individuos, obsesionados con la gratificación instantánea, llegan a basar su valía en lo que ven y en la cantidad de “me gusta” recibidos en sus publicaciones.
Entonces: “Roberto, ¿has tenido éxito?” Soy actor, bailarín y creador escénico. He hecho cientos de castings y no he quedado en ningún comercial o serie. No he tenido un papel -aunque sea secundario- en alguna producción cinematográfica nacional. No tengo millones de seguidores y nada de esto lo puedo presumir ni monetizar en mis redes. No soy famoso a nivel masivo, ni tampoco acaudalado; no tengo casa propia, ni automóvil, ni un sixpack para posar en micro traje de baño. Vaya, ¡no soy Luis Gerardo Méndez, mucho menos Timothée Chalamet! (Con todo respeto para ellos y sus carreras).
Es fácil caer en la telaraña de las comparaciones, las frustraciones y el sinsentido. Hace poco, el Departamento de Salud de la Universidad de Utah encontró que entre los adolescentes que han declarado tener pensamientos suicidas en EE. UU., el 6% los atribuye a Instagram. Todo esto nos afecta particularmente a quienes somos artistas, pues nuestro trabajo se relaciona directamente con la aceptación de un público influenciado por las industrias de marketing y entretenimiento.

¡Qué panorama! Entonces, regreso varios párrafos y releo el significado de éxito: “resultado feliz”, “buena aceptación de algo”. Así que hago un ejercicio íntimo: enlisto lo que sí tengo, lo que he construido a nivel personal, profesional y espiritual. Y, vislumbrando esos tesoros, recuerdo lo siguiente:
En 2019 creé y estrené “Flores para los muertos”, un monólogo de teatro físico y danza acerca de un hombre que, huyendo de un ajuste de cuentas, se accidenta en la serranía y llega a Yolizyeyantli, “el lugar de vida”, un sitio místico donde descubre que en realidad ha muerto y donde su alma debe escoger entre perdonar, perdonarse o perderse.
Esta obra me es muy importante. Me llevó a expandir mi lenguaje corporal y vocal; ya que no hay nada en escena, salvo el actor. La maestra Paola Arenas hizo la producción y diseñó una iluminación que daba vida a la pieza, creando todo un cosmos visual. Carmen Vélez, nuestra asistente, nos dio un acompañamiento más… espiritual, por así decirlo; y el maravilloso equipo creativo hizo aportaciones fundamentales para el proyecto y para mí.
“Flores para los muertos” tuvo una temporada estable y rompió récord de taquilla en el Teatro María Grever de León, Guanajuato. Nos llevó al Festival Internacional Cervantino y de gira por el norte de México con el Festival de Monólogos Teatro a Una Sola Voz. Y tras presentarla en un Encuentro Estatal de Teatro, propició una larga charla con la maestra Luz Emilia Aguilar Zinser -jurado de la muestra-, que me inspiró para mudarme a la Ciudad de México.
Sin embargo, encuentro que lo más significativo ocurrió cuando, gracias a la maestra Arenas, llevamos el montaje al Centro Federal de Readaptación Social (CEFERESO) número 12, en Ocampo, Guanajuato, donde lo presentamos a Personas Privadas de la Libertad (PPL). Nunca olvidaré ese día. Ocurrieron varios acontecimientos fuertes. Describiré uno.
Al terminar la función, se abrió un espacio para comentarios. Había un silencio nervioso en el auditorio. Algunos compañeros PPL se animaron a compartir públicamente sus impresiones. Concluida la dinámica, antes de retirarse, varios más aprovecharon para acercarse conmigo y poder expresarse en corto. El último, un hombre joven, me dijo lo siguiente: “Discúlpame, sé que me debí haber parado a aplaudirte al final. Pero es que no sabía qué me pasaba, tenía ganas de llorar”. Luego me compartió que la obra le recordó que tenía que perdonarse a sí mismo.
Eso me marcó. ¿Qué historia tenía él? ¿Qué historia tendrían sus compañeros? ¿Qué proceso de vida habrían pasado? No lo sé. Y me siento pequeño sólo de imaginarlo. Ese día yo fui el aprendiz, y lo agradezco tanto.

Entre las lecciones recibidas está el valorar donde estoy y recordar por qué hago lo que hago. Muchas veces lo olvido. Quiero tirar todo al caño y hacer otra cosa; siento que no tengo el atractivo necesario y que mi oficio no me ha dado el dinero o el poder que “debería” tener.
Entonces, me aferro a hechos como éste. Y reafirmo que mi trabajo sí ha tenido sentido, resultado y aceptación; fuera de las nociones típicas de “éxito”. ¡Caray! Llegamos a un lugar como el CEFERESO para vivir con los compañeros PPL, colectivamente, una experiencia bastante trascendente. Que yo sepa, ni Luis Gerardo Méndez ni Timothée Chalamet han llegado de esa manera a Ocampo, Guanajuato. ¡Y está bien! Para eso estuvimos nosotros.
Aferrémonos a nuestras historias de vida y a nuestros logros fundamentales. Muchos estudios muestran que la felicidad se encuentra en las relaciones interpersonales de calidad y en el tener un propósito de vida, así como en la repercusión positiva de éste en el entorno. No en el poder, el dinero o la belleza física.
“Flores para los muertos” surgió de una historia cercana. Cuando perdimos a un familiar a manos del crimen. Fue durante su sepelio cuando vi dos preguntas en mi cabeza: “¿Qué te llevó a actuar así? Si pudieras hablarnos, ¿qué nos dirías?”. De ahí nació todo. Creo que nunca lo había compartido.

Deseo fervientemente que, a quienes estuvieron involucrados, la obra les haya brindado algo bueno. A mí me dio, entre otras cosas: crecimiento poético, mucha experiencia, confrontación con los demonios propios y el poder de sanar a través de la ficción. Tres años después de la última función, apenas lo voy comprendiendo. Y si bien no hicimos sumas millonarias, el proyecto sí tuvo -en su mayoría- justas remuneraciones. Creo que, por eso, este año la he recordado tan entrañablemente, con sus virtudes y sus defectos.
Cierto es que no basta con “pensar positivo sobre nuestros éxitos” cuando, en México, dedicarse a las artes escénicas es enfrentarse a la precariedad laboral. O cuando, en general, la realidad puede ser bastante desigual, violenta y descorazonadora.
Nuestra civilización requiere urgentemente un cambio profundo y estructural (de nuevo: ¿en qué época no?). Desmontarnos el paradigma de “éxito” a un nivel interno, consciente y casi terapéutico, puede ser un inicio.
Claro, dejar de alimentarlo implica mucho trabajo y equilibrar las contradicciones internas que todos tenemos; sin excepción. Y comprometernos a honrar nuestros propios logros, también conlleva abrirnos a conocer y dejarnos tocar por aquellas historias de personas con un patrimonio mucho más valioso que el poder, el dinero y la belleza: sabiduría, talento, disciplina, empatía o compasión, por ejemplo. Quizá si somos más cuidadosos con los “likes” que otorgamos en redes sociales, en realidad estemos colaborando para que la estructura social les otorgue un lugar más justo, digno y mejor retribuido.
Finalmente, me respondo:
“Roberto, ¿has tenido éxito?”
Creo que sí.
Y creo que tú, que me lees, también.
Dedicado a cada persona que formó parte del camino de “Flores para los muertos”, en este mundo y en el de las ánimas; a los compañeros del CEFERESO no. 12 de Ocampo, Guanajuato; a mi familia; a mis amistades; y a quien se sienta perdido, buscando su lugar en la vida
Lo encontraremos.
Ciudad de México, Febrero 2025.
Roberto Mosqueda is a dancer, actor, and theatre-maker with over fifteen years of experience in the performing arts. His work explores movement, storytelling, and the power of live performance to connect with audiences on a deep, human level.
You can read more about his journey and artistic vision in his PROFILE feature on SKENE.pub









11 Responses
La tranquilidad de despertarse cada día, será el éxito. Te abrazo amigo, ese montaje nos enseñó mucho a todos.
Así es amiga. Irse a dormir y verse al espejo con la conciencia tranquila. No hay nada como esa paz. Te mando muchos abrazos. Gracias por enseñarme tanto.
Bravo compañero! Creo que el Éxito es vivir haciendo lo que te gusta y que te paguen por ello. Beso! Dios nos colme de más Dones para compartirlo y llegar a su presencia Felices. 🙂
¡Muchas gracias por tus palabras, Cynthia! ¡Qué maravilla leerte! Agradezco las bendiciones y deseo lo mismo para ti, y para cada persona que nos acompaña en el viaje. Un abrazo.
En un momento de vida en el que me hago las mismas preguntas que tú y dudo del camino que he seguido, y en el valor de estar aquí, tus palabras me llegan como un bálsamo de alivio y un rayito de esperanza. ¡Gracias, siempre!
Yo creo que con las amistades que hemos forjado, nos podemos sentir las personas más afortunadas. Te admiro y te quiero mucho, querida amiga. Un abrazo enorme.
Una extraordinaria reflexión , cargada de humanidad y humildad. ¡Por supuesto que has conseguido el más auténtico de los éxitos Maestro,!
¡Muchas gracias! Mi admiración, mi cariño y todo mi agradecimiento, siempre para ti. Te quiero mucho, mamá.