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source: Ginna Alvarez
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by @ginnaalvarez

This is the original column in Spanish . An English translation by our staff can be found here.

Nos han robado la oscuridad. La noche ha sido colonizada. El mundo contemporáneo vive bajo el régimen de una luz azul sospechosa. No del fuego, ni del sol, sino del smartphone. Desde la invención de la luz eléctrica, supimos domesticar la oscuridad, arrinconarla y entumecer su naturaleza salvaje, pero no nos habíamos atrevido a traicionarla del todo. La penumbra aún se conservaba en los cines, en los dormitorios, en las salas de teatro. Pero hoy, ni siquiera eso. La oscuridad ya no es ese territorio de la imaginación, del presentimiento, del murmullo interno. Es una falla del Wi-Fi, una pantalla apagada. 

Creo que nos han estafado. La luz debía disipar a los monstruos. En cambio, la anti-noche de las ciudades —ese resplandor perpetuo, artificial y ansioso— les ha abierto la puerta. Esa luz no es inocente: Es ideología, vigilancia, ritmo de producción. Es control. 

La luz artificial nos persigue en todas partes y corta las sombras como un bisturí luminoso. En los letreros del supermercado, las farolas, las vitrinas, y en las notificaciones. Porque mirar en estos tiempos ya no puede ser contemplación romántica. No, se ha vuelto un acto de consumo, y el algoritmo lo sabe. Me parece que la pérdida de la oscuridad en las grandes ciudades no es solo una cuestión técnica, sino una tragedia simbólica. Un borrado del inconsciente colectivo. 

source: Ginna Alvarez

En este contexto, el teatro aparece como una anomalía donde la oscuridad se vuelve subversiva: un espacio deliberadamente en penumbras, donde el público entrega voluntariamente su visión a cambio de otra forma de claridad. Mientras las ciudades buscan borrar toda sombra con iluminación artificial las 24 horas, el teatro nos recuerda que en la penumbra es donde mejor se ve lo que no tiene forma. Donde la mirada, no es un acto de consumo, sino de riesgo. Una mirada porosa, abierta a lo incierto, a lo que no se deja nombrar.

Cuando visito el México rural, siento esa mirada porosa activarse. Ahí la oscuridad todavía puede recuperar algo de su bestialidad perdida. La noche todavía es noche, y uno a veces tiene que guiar sus pasos por el oído: la hierba que cruje, los grillos, los aullidos de los perros, las campanas. La oscuridad rural no se apaga con un interruptor, no responde a nuestros caprichos eléctricos. Está ahí, y hay que habitarla. Allí, uno se reencuentra con el abismo, pero también con una forma de humildad perdida. Porque la noche rural no te mira. No espera nada de ti. Te rodea, te traga un poco… y si tienes suerte, te devuelve. Dentro de ella se puede aspirar a una existencia menos performática, menos atada a los códigos de etiqueta. Es tan negra, que uno empieza a ver cosas que no están, y en el pueblo surgen toda suerte de leyendas, de apariciones. Una especie de imaginación colectiva que dialoga con las fuerzas primigenias que parieron el teatro. 

Frente al resplandor neurótico de lo urbano, el teatro resguarda una oscuridad ritual, más cercana a la de los campos, donde la noche aún guarda su poder de interrupción y misterio. Esa oscuridad teatral es resistencia: un gesto poético y político que restituye el derecho a no verlo todo, a no entenderlo todo, a simplemente estar.

source: Ginna Alvarez

Citando a Sontag: lo erótico vela tanto como muestra, mientras que lo pornográfico es puro desvelamiento. Puede ser que las pantallas nos han acostumbrado a mirar como se mira lo pornográfico: con dominio, con ansia de totalidad, sin pudor. El teatro —y la oscuridad que lo cobija— nos devuelve una forma de mirar que no busca poseer, sino habitar. Nos exige paciencia, deseo, una atención vulnerable. Nos hace mirar con hambre, no con gula. El teatro —como el erotismo— necesita la penumbra para respirar. El drama, se funda en lo no dicho, lo no mostrado. La escena no busca a un consumidor, sino a un interlocutor. 

Pienso que esa condición vuelve al teatro, – hoy más que nunca, en medio de tantas ofertas de streaming- un espacio revolucionario y de resistencia en donde la penumbra es un umbral que suspende las ofertas del mundo exterior, y crea un espacio de intimidad entre el espectador y lo representado. Donde las imágenes del inconsciente emergen, permitiendo que la imaginación del espectador complete lo que no se muestra explícitamente. 

Por eso, cuando una pantalla se enciende en la sala, el presente se fragmenta. Lo que era una comunión ahora es un zapping espiritual. El celular es una puerta de escape abierta hacia lo trivial, lo múltiple, lo imposible de habitar completamente.

source: Ginna Alvarez

Claro que hay teatro bajo el sol. Pero incluso en esas obras diurnas el teatro trabaja contra la obviedad. Se las arregla para sugerir un abismo, instalar el silencio, torcer la luz y resignificarla.

Gastón Bachelard, sin ver la que se nos venía, ya había escrito más de seis décadas atrás, que los rincones oscuros son lugares que invitan a la reverie, a la ensoñación.  En su libro La Llama de una Vela, habla de cómo una vela no solo alumbra, si no que dialoga con la oscuridad, crea intimidad, silencio y recogimiento en contraste con la luz eléctrica, que impone claridad y destruye lo poético. El germen teatral también prolifera en estos claroscuros.

Antes de que el teatro existiera, los hombres se reunían alrededor del fuego y se contaban historias. Como la vela de Bachelard, la luz de la fogata es una luz que no conquista, sino que titubea; no exige vigilancia ni produce visibilidad absoluta, sino que invita a la imaginación compartida.

Ante la dictadura de la luz, muchos han externado su preocupación de que el teatro sea un idioma muerto, un ritual anacrónico. Al igual que el sueño profundo, no creo que pueda serlo jamás. En la penumbra teatral se despiertan nuestros rasgos más atávicos, -impulsos profundos, irracionales, e instintivos, que vienen de un pasado remoto, anterior al lenguaje, y que siguen vivos en nosotros.

El teatro es resistencia porque nos recuerda que fuimos sombra.

Si el teatro muere, no será por vejez, si no porque encendimos la luz demasiado pronto.

source: Ginna Alvarez

Ginna Álvarez is a director, playwright, actress, musician, and photographer with over twenty years of experience in the performing arts. Her work explores migration, storytelling, and the power of collective human experiences.

You can read more about her journey and artistic vision in her PROFILE feature on SKENE.pub

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